Lecturas para no tan niños

Biografía del hambre o el fin de la inocencia

27 septiembre, 2018
Biografía del hambre

Los niños que crecen felices lo hacen sin darse cuenta de que cada uno de sus pasos satisfechos, de sus juegos jubilosos, les conduce inevitablemente hacia el derrumbe, o lo que es lo mismo, hacia la pubertad. Pero, ¿son los padres conscientes de ello? Ahora son felices, pero algún día tendremos que sentarnos a observar cómo nuestras alegres fierecillas se vuelven grises y taciturnas al afrontar el mundo y su perversidad. El fin de la inocencia es la historia más triste jamás contada. Y esa es la historia de Biografía del hambre.

Recuerdo el día que le puse voz a uno de mis primeros anhelos como madre. «Solo quiero que sea feliz». Es un deseo muy poco original y, al mismo tiempo, un deseo que esconde una pulsión muy real, muy acuciante para alguien que se adentra en la maternidad. «Solo quiero que sea feliz». No se me ocurre un propósito más inverosímil y más peligroso que este. ¿Cómo se consagra alguien a la felicidad de un tercero? Quizás criar niños felices sea algo relativamente sencillo, pero… ¿adolescentes felices? ¿No es eso un oxímoron?

El hambre como motor espiritual, como motor de vida.

El hambre como hito existencial. Una vida salpicada por el hambre, o más bien, por las hambres. Leyendo a Amélie Nothomb sorprende la resistencia que ofrece esta palabra a articularse en plural, a retorcer su final en una «s» sinuosa. El hambre no es solo «hambre de alimentos». «El hambre soy yo».

«Tenía hambre de Nishio-san, de mi hermana y de mi madre: necesitaba que me tomaran en brazos, que me abrazaran con fuerza, tenía hambre de sus ojos posados en mí”.

Llego imperdonablemente tarde a Nothomb, así que procuraré vadear su obra con cierta humildad. Hay ya muchos y muy buenos análisis sobre su narrativa, y yo solo quiero aportar una mirada que me parece que podría interesar al lector de este blog. ¿Por qué Biografía del hambre es una buena lectura para padres y madres? Porque además de ser una biografía del hambre, es una biografía de la infancia, de su voracidad, de su plenitud, de sus deseos, sus luces y sus sombras. Y también, de su decrepitud. Del sombrío final que le aguarda.

Reencuentro con la niñez.

Volver los ojos a la niñez. Es algo que nos cuesta a los padres y que deberíamos ejercitar más a menudo. Este libro nos abre un camino de regreso.

«Juliette, de diez años y medio, era mi sueño. Cuando le preguntaba qué deseaba ser de mayor, respondía: “Hada.” En realidad, era un hada para toda la eternidad, como lo demostraba su hermoso rostro permanentemente en las nubes. Su mayor ambición era llegar a tener el pelo más largo del mundo. ¿Cómo no amar locamente a un ser animado con tan nobles propósitos?».

La infancia que retrata Nothomb no es una infancia corriente. Es una infancia excesiva, ávida, despreocupada y exuberante. La infancia de un hada. Una infancia de deseos satisfechos y estómagos bien colmados, radiante y feliz. Quizás por ello no sorprenda que a la edad de siete años la protagonista tuviera la sensación de «haberlo vivido todo». Espantada ante semejante idea y preocupada por tener que esperar a la vejez para despedirse del mundo, decide fijar su defunción en la edad de doce años. Casi lo consigue.

Y sin embargo, antes de que llegue esa muerte prematura, que no es en realidad la muerte de la persona sino de la niña, Nothomb tiene que vivir aún su momento de máxima plenitud. La felicidad más exultante la recibe en Nueva York: «En el taxi amarillo, cuando divisé el skyline, me puse a gritar. Aquel grito duró tres años». «Cuando la existencia se presenta tan desmesuradamente exultante, esto se llama Nueva York».

Biografía del hambre: cosmopolitismo, hedonismo y libertad.

Nothomb es una pequeña salvaje, criada a caballo de varios continentes y sorprendentemente libre. Muy libre. Tan libre que su vocación rebelde impresiona. Desde su más tierna infancia, se entregó al alcoholismo de manera absolutamente consciente. Era capaz de fugarse todas las mañanas de la escuela infantil japonesa al más puro estilo Steve McQueen. Y de robar chucherías en los almacenes del barrio pekinés donde se trasladó con su familia.

Esa libertad desgranada a pinceladas a lo largo de estas páginas, no se entiende sin la actuación de los padres, en un discreto segundo plano. Su actitud dejada y algo ácrata en lo que se refiere a la educación de su hija, rayana en lo imprudente, no es en ningún caso síntoma de desapego o de holgazanería. Es más bien una forma peculiar de oponerse a los convencionalismos y desafiar los límites impuestos socialmente: «Despachaba mis deberes en ocho segundos, y me reunía en el salón con mi padre, que me servía un whisky para brindar con él.»

«Solo quiero que sea feliz».

Los padres de Nothomb son una representación gráfica y consistente de ese anhelo que antes mencionaba, compartido por tantas madres y padres. El estado natural de la infancia es la placidez, el placer, lo sublime. Ellos llevan esa pretensión hasta sus últimas consecuencias. De ahí la risa con la que la madre de la protagonista despacha al director de la escuela, que le inquiere preocupado sobre el posible sufrimiento de la niña. «Mi hija nunca sufre», contesta ella entre risas.

Quizás uno de los pasajes más importantes de lo que significó para los padres de Nothomb criar a sus hijos en esta suerte de hedonismo ocurre después de que Amélie robara una caja de unos exóticos dulces belgas llamados spéculoos, a cuyo goce trató de entregarse delante de un espejo, para disfrutarlos con los cinco sentidos. Cuando su madre la descubre en mitad de la faena, devorando spéculoos y devorándose a sí misma con la mirada:

«Su primera reacción fue de furor: “¡Roba! ¡Y además roba golosinas! (…)”. Luego dio paso a la perplejidad: “¿Por qué no me ve? ¿Por qué se está mirando comer?” Finalmente comprendió y sonrió: ¡Siente placer y quiere verlo!” Entonces demostró que era una madre excelente: salió de puntillas y cerró la puerta. Me dejó sola con mi deleite.»

El fin de la inocencia.

Y entonces el punto de inflexión. El momento en el que te das cuenta, como madre, que no tienes forma de procurar esa felicidad. No tienes tanto poder. El mundo gira con una voluntad muy distinta a la tuya: despiadado, feroz, temible. ¿Qué hace entonces una madre? Lo poco que puede hacer. Sobrevivir. Facilitar esa supervivencia. O quizás romperse. La vida, seguramente, empeora. Es el fin de la inocencia.

«Las manos del mar ascendieron por mi cuerpo y me arrancaron el traje de baño.

Yo me debatía con la energía de la desesperación, pero las manos del mar eran fuertes y numerosas.

A mi alrededor, seguía sin haber nadie.

Las manos del mar separaron mis piernas y entraron dentro de mí.

El dolor fue tan intenso que me devolvió la voz. Grité.

Mi madre me oyó y corrió a buscarme dentro de las olas, gritando de ese modo demencial en el que solo una madre puede gritar. Las manos del mar me soltaron.

Mi madre me tomó entre sus brazos y me llevó hasta la playa.

A lo lejos, vimos salir del agua a cuatro indios de veinte años, de cuerpos delgados y violentos. Huyeron corriendo. Nunca más los encontraron. Nunca más volvieron a verme dentro de agua alguna.

La vida empeoró».

«Solo quiero que sea feliz». Quizás sea el momento de desprenderse de un propósito que nos conduce al desengaño y al sufrimiento. ¿Qué tal cambiarlo por «solo quiero que se sienta querido, respetado y acompañado»?. Puede que sea más realista y menos desesperante. Aunque los deseos son testarudos y no atienden a razones. Y yo solo quiero que sean felices.

 

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