Mimo con libros

Cómo lograr lectores poco exigentes: la censura en la LIJ

11 abril, 2018
Censura en la LIJ

La LIJ se ha convertido en abono para los moralistas. La censura campa a sus anchas en los libros infantiles, con la connivencia y el beneplácito de los padres. Esta censura nos avoca a una creación literaria pobre, plana y sin sustancia, sostenida por una generación de lectores poco exigentes y sin vocación crítica. ¿Será esta una generación perdida formada por lectores inútiles, de esos que se tragan sin apenas parpadear la versión que Humpert Humpert dio una vez de Lolita?

Cuando estaba embarazada de mi hija pequeña quise leer uno de esos libros que uno puede llegar a tener pendiente toda su vida: Lolita. ¿Por qué justo en ese momento? Un poco por esto y un poco por aquello. Un poco por esa portada pop de Lolita, siempre tan sugerente. Y también porque el libro llevaba demasiado tiempo encima de la mesilla de noche. Y, desde luego, porque después de un niño estaba a punto de tener una hija. Una niña. Tenía que estar preparada y entender este mundo nuestro lleno de depredadores, de lobos feroces sanguinarios.

La historia de cómo terminé Lolita ha pasado a engrosar la lista de anécdotas familiares. Por la mañana había estado con mi padre y con Jorge en un centro comercial. El niño se nos despistó y estuvo perdido cinco minutos. Cinco minutos que a mí me parecieron cincuenta. Me puse a correr como una desquiciada, con mi barriga de nueve meses. Hasta que por fin lo encontramos, mirando unas gaviotas que adornaban un tiovivo. Llegué a casa con un enfado monumental y con el cuerpo completamente dolorido. Decidí tomar aire y aparcar todas las tareas que tenía esperándome (que eran muchas, como suele ocurrir) y pasar el resto de la tarde apurando mi ejemplar de Lolita. Lo acabé a última hora.

Al día siguiente rompí aguas. Aún me quedaba una semana para salir de cuentas, así que era algo con lo que no contaba. Pero mi niña no quiso esperar más. Si su precocidad fue consecuencia del curso natural del embarazo, del meneo que se había llevado mi cuerpo el día anterior o de la voluntad de mi bebé de llegar a un mundo en el que su madre hubiera conseguido conocer los pormenores de la novela más famosa de Nabokov, será algo de lo que nunca estaremos seguros. Pero me gusta pensar que la historia de cómo terminé Lolita y la historia de cómo comenzó Olivia tienen esa conexión.

No pude reposar la lectura de Lolita como se merecía. Los pañales de prematuro, la agonía de las leches regurgitadas y la fascinación por esa piel llena de arrugas y de escamas desdibujaron pronto su recuerdo. El bebé que no comía nada, que no engordaba nada, se lo comió todo. Por eso no me he dado cuenta de lo mucho que me impactó y de lo mucho que me gustó este libro hasta tiempo después.

De Caperucita a Lolita o la historia mil veces contada.

Caperucita y Lolita

«Cuatro son las historias. Durante el tiempo que nos queda seguiremos narrándolas, transformadas». Eso decía al menos Jorge Luis Borges, alguien que conoció muy bien los engranajes de la narración. Aunque quizás no sean cuatro sino seis tipos de historias. O veinte. O cien. En realidad, da lo mismo. Lo importante es entender que algunas historias vuelven a nosotros una y otra vez, como un boomerang. Y que algunos de los grandes libros que hoy admiramos son en realidad revisiones de historias ya viejas, que nos han acompañado desde siempre.

Que la novela de Lolita es la enésima vuelta de tuerca a la historia de Caperucita es algo evidente. Solo que en este caso la fuerza del libro radica en que la historia no solo la cuenta el lobo, sino que además lo hace relamiéndose y regodeándose en los detalles de su crimen. Nabokov utiliza toda la potencia de la que es capaz la narración para buscar la empatía del lector. El lobo nos apela y nos pretende hacer cómplices de sus fechorías. Y lo consigue. ¿Cuántas veces no habremos leído que Lolita es una femme fatal, que es ella la que arrastra a Humbert Humbert a la desgracia con su poder de seducción? ¿Cuántas veces no habremos escuchado que en el fondo Lolita es una bella historia de amor?

Pues no, Lolita no es una historia de amor.

Lolita es un historia de perdición y de abusos. Es la historia de una violación perpetrada en el cuerpo de una víctima inocente: una niña de 12 años que acaba de quedar huérfana. No es Lolita la que arrastra a Humbert Humbert a la ruina. Es Humbert Humbert el que se encarga de destruir paso por paso a Lolita. No entraré en detalles sobre por qué es indiscutible que este fue desde siempre el objetivo de Nabokov: Humbert Humbert no es una persona de fiar y el autor nos advierte claramente de ello en varios pasajes concretos de la novela.

Ese gran embaucador llamado Humbert Humbert que protagoniza esta obra representa como pocos esa complicada figura literaria que es el narrador no fiable. Lo que Nabokov pretendía en Lolita era obligar al lector a ser exigente con su lectura y a ver más allá del relato. La historia de Lolita nos impele a sortear toda una sarta de justificaciones de un criminal consumado que quiere hacernos picar el anzuelo. ¿De verdad vamos a tragarnos las mentiras del lobo?

Por supuesto. Después de todo, nos las tragamos cada día.

Sobre la censura en los cuentos infantiles.

Hace poco salió una entrevista a Penélope Cruz en la que aseguraba que cambiaba los finales de los cuentos infantiles cuando se los contaba a sus hijos. La reacción de la actriz está plenamente en consonancia con la campaña «Cambia el Cuento» que también descubrí hace algunos días. Recientemente además me pidieron aportar mi punto de vista sobre la calidad de los contenidos de la LIJ actual y, en ese contexto, estuve dándole vueltas a la censura tácita que existe en la literatura infantil actual. Estas tres anécdotas aparentemente independientes son las que han venido a confluir en esta reflexión que hoy os comparto.

Vaya por delante que la censura más sangrante no es específicamente la que se desenvuelve dentro de los cuentos tradicionales. Creo que es mucho peor la que opera en los cuentos de nuevo cuño, muchos de ellos cortados por el mismo patrón. Como ya he señalado en otras ocasiones, pareciera como si la literatura infantil tuviera que servir para algo concreto o responder a algún propósito ulterior extraliterario. Da igual que sea enseñar valores, emociones o a hacer caca en un orinal. Que sirva para algo, que no sea inútil. Y que no se desvié ni un ápice de los valores señalados como adecuados.

Por otro lado, los cuentos tradicionales, los grandes mitos, las grandes historias de la literatura universal, ya sean cuatro como decía Borges, seis o cien, admiten bien los cambios. Son moldeables y lo han sido siempre. Hay mil versiones del cuento de Caperucita desde Perrault, pasando por los Grimm hasta algunas de las interpretaciones más actuales de esta historia clásica. Que quede claro por tanto: Penélope Cruz no es una revolucionaria.

Lo negro es negro. Lo blanco, blanco.

Ahora bien, lo que es flagrante desde mi punto de vista es que la voluntad que parece guiarnos para intervenir sobre todos estos cuentos tradicionales sea hacer más digeribles y más facilones los cuentos a los niños. Que la moraleja sea sencilla y meridiana y que esté en sincronía con los valores positivos que exige la sociedad moderna. Sin desviaciones. Que los niños no crean que los lobos son malos, las mujeres víctimas o que un leñador va a venir a salvarlas. Bien.

Ya hemos hablado de la importancia de que los niños puedan tener referentes culturales interesantes y con personalidad. No sólo en la literatura. También en el cine, en los videojuegos, en casa. Pero también es importante que estos referentes no eliminen el conflicto. Y desde luego que no lo hagan por la vía de la censura.

Estamos produciendo narraciones planas, unívocas, homogéneas. Historias sin niveles y sin aristas que ofrecen poco más que una lectura lineal. La literatura infantil pierde riqueza al mismo tiempo que se moraliza. Pocas metáforas, pocos retruécanos, pocas hipérboles, pocas elipsis. Y mucha censura. El pronóstico es delicado: niños que se embotan con los dobles sentidos, incapaces de comprender los recursos literarios y las narraciones con más de un nivel. Niños incapaces de leer un texto de manera crítica.

Sin conflicto no hay miserias.

En definitiva, no habrá lectores exigentes como los que necesita un libro como Lolita. No quedará nadie para afrontar el libro de Nabokov. A la larga, por tanto, no habrá más Lolitas. Humbert Humbert no será ya un pedófilo psicópata, sólo un buen samaritano que respeta a las niñas huérfanas empoderadas. Y nadie nos hablará de nuestras miserias. Aunque tampoco seguramente tendremos instrumentos para comprenderlas.

Por otro lado y pensándolo bien, ya se viene especulando desde hace tiempo sobre la idea de que Lolita no escaparía a la censura editorial hoy en día. Que no habría llegado a publicarse en nuestra sociedad puritana. Hoy sigue además habiendo gente que ve en este libro una historia de amor, en Lolita a una seductora sin escrúpulos y en Humpert Humpert a un pobre desgraciado. Así que quizás, después de todo, la generación inútil sea la nuestra.

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5 Comentarios

  • Reply Enrique 11 abril, 2018 at 10:14 am

    Pues me parece que aquí hay una conversación muy interesante; me gusta mucho la entrada.

    Yo no prohibiría absolutamente nada en literatura. No prohibiría ni el «Mein Kampf», fíjate lo que te digo. Me costó mucho encontrarlo y me pareció apasionante leerlo. Ahora bien, soy consciente de que yo lo leo desde ese punto de vista crítico del que hablas, y habiendo leído mucho antes sobre aquella Alemania, habiendo vivido en Berlín y Austria… Ahora la pregunta sería, ¿es peligroso que cualquier descerebrado se lea un libro así?

    Tampoco prohibiría libros sobre dietas milagrosas, supercherías o terapias fraudulentas. No cedería espacio ni recursos públicos para su edición, publicación o promoción, eso sí. Ahora bien, creo también —y peco de paternalista seguramente— que serían un peligro para mucha gente que no lee con ningún criterio. Supongo que es un riesgo que hay que asumir y combatir con más y mejor educación.

    Con los libros infantiles tengo también ese miedo. No me importa leerle a Lara muertes y maldades. De hecho, le explicamos habitualmente las noticias que escucha en la radio y no creo que ningún relato pueda ser peor que eso. Sin embargo, sí tengo mis reparos a la hora de, por ejemplo, poner a su alcance cuentos clásicos de amor romántico y princesas. Podría explicarle también que eso no es así, que ella no tiene que ser una princesa desvalida, pero me cuesta más. Me da cosica que sus cuentos incidan en esa imagen que ya le llega de mil otras fuentes en que ellas son rosas, con tipín y florecillas, y ellos, azules, musculados y con armas. No estoy seguro de cómo de interiorizado tiene nuestro mensaje o el mensaje generalizado; todavía no ha salido de su boca el «eso es de niñas», pero nunca se sabe.

    Nosotros leemos con ella mucho Zipi y Zape, y tratamos de acompañarla para que entienda por qué Pantuflo fuma tanto, por qué Jaimita les arrea con el sacudealfombras o por qué hay tantos ladrones robando todo tipo de cosas. Pero precisamente creo que no todo el mundo invierte tiempo en acompañar las lecturas, en explicar las noticias o en darles un contrapunto crítico a lo que ven por la calle. Creo que coincidimos en que es labor nuestra favorecer su espíritu crítico desde el principio, pero dudo mucho de que sea una actitud generalizada, y en esos casos, no sé qué es mejor que les llegue a los niños, la verdad.

    Yo y mi mar de dudas, como siempre 😀

    • Reply Paula 11 abril, 2018 at 10:42 am

      Pues sí, hay mucho que rascar y la duda siempre nos atenaza. Para empezar, creo que hay que olvidarse de lo que puedan hacer en otras casas con los libros “exigentes” desde un punto de vista crítico (bien por su historia, bien por su contenido, bien por su estructura, sus metáforas o lo que sea). Tiendo a pensar que los padres sin ganas, sin energía o sin voluntad crítica se expresaran de esta forma con sus hijos no sólo cuando abordan una lectura, sino tambiénen el transcurso de alguna situación social conflictiva vivida en el parque o durante un (des)encuentro con los compañeros del colegio. El problema no son los libros, es la falta de tiempo, la falta de espíritu, la falta de pensamiento crítico de algunas personas, ¿no?
      Al final lo que yo creo es que el mensaje es lo de menos. Lo demás son los valores literarios de un libro que son los que verdaderamente están sufriendo con esta tendencia a moralizarlo todo y a toda costa. Una versión barata de Caperucita con un mensaje poco trabajado y desfasado no habría por donde cogerla, seguramente. Pero una buena versión de Caperucita, que revise el cuento atendiendo a su naturaleza literaria, que conozca bien su historia, su pasado oral, que conozca sus principales versiones, la evolución del personaje y su rastro en la literatura universal, podría ser una alegría para los sentidos, más allá de que la niña acabe o no en la boca del lobo. En fin, el problema para mí es que la moralización ocurra a expensas de la literatura y con el único objetivo de rebajar la complejidad de un mensaje ambiguo. Eso sólo lleva al empobrecimiento de los textos.
      ¡Ya sabes que dudar es de sabios! 😛

  • Reply Nueve meses y un día después 11 abril, 2018 at 1:32 pm

    Bufff, yo estoy de acuerdo contigo en que ya basta de dulcificar pero, por otro lado, que “lea” libros contrarios a mis creencias y valores me aterra y creo que es fundamental explicarle las cosas. Al final creo que lo mejor es dejar las cosas como están y usarlas como medio para que aprendan pero entonces llego a lo que comentas a que si el texto no sirve para enseñar algo, ya se lo enseño yo jajaja. ¿Tal vez la lectura “ociosa” tenga que ser más plana en ese sentido cuando aún las mentes no tienen juicio crítico? Pues no lo sé pero, ¡qué rollo!

    • Reply Paula 12 abril, 2018 at 9:01 am

      Jo, pues a mí no se me ocurre un solo libro que me diera miedo que leyeran mis hijos. Ni siquiera “¿Quién ha robado mi queso?”, que ya es decir, jejeje. De hecho ahora Jorge está enganchadísimo a los cómics de Tintín, que son bastante cuestionables en muchos sentidos y no son precisamente mis favoritos, y es algo que no me preocupa en absoluto. A él le gustan y para mí es suficiente. Creo que es importante que puedan elegir y que tengan acceso a cualquier libro que les atraiga. Además eso hace surgir muchas preguntas y da conversación. Jorge por ejemplo, gracias a Tintín, nos ha preguntado qué es un racista (y otras cosas menos trascendentales como qué es un reportero).

  • Reply Irene 13 abril, 2018 at 7:01 am

    Me ha encantado esta entrada. Me parece un gran tema del que debatir.
    Muchas gracias.

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