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Tres libros mudos para niños: leer el silencio

6 marzo, 2018
Libros mudos para niños

Sentarnos a leer no siempre quiere decir juntar letras, una detrás de otra, y devorarlas hasta extraerles todo el sentido. Algunos ilustradores de cuentos infantiles se han propuesto también que seamos capaces de «leer» el silencio. De entender una historia que se nos cuenta sin palabras. Únicamente a través de sus imágenes. Estoy hablando de los denominados libros mudos, muy populares dentro de la literatura infantil.

La expresión de «libros mudos» creo que es bastante elocuente. Los libros mudos son aquellos que carecen de texto y que cuentan una historia a través de imágenes. En ellos, las imágenes tienen un carácter secuencial mucho más marcado que en otros álbumes ilustrados. Además las ilustraciones suelen ser más detallistas y puntillosas, puesto que tratan de suplir el vacío relativo que deja la ausencia de textos.

Los libros mudos constituyen un género dentro de la literatura infantil que me resulta absolutamente fascinante. Para empezar, el formato en sí mismo pone en cuestión el propio concepto de literatura. Decía el escritor y editor francés Christian Bruel, quien en los años setenta del siglo XX puso en marcha una colección provocadora dirigida al público juvenil denominada «La sonrisa que muerde» («Le sourire qui morde») y centrada en el libro-álbum ilustrado, que «un libro (en imágenes) sin texto sigue siendo un libro de literatura; puede ser un pretexto para encontrar un sentido, de modo que es literatura».

En su blog Donde viven los monstruos: LIJ, Román Belmonte insiste sin embargo en englobarlos con los «álbumes gráficos» y el grafismo en general. Según Belmonte sólo podríamos considerar a un libro-álbum ilustrado como literario si «presenta contenidos textuales con finalidad literaria suficientes para enmarcarlo dentro de un género (narrativa, poesía, teatro, ensayo…)».

¿Son los libros mudos por tanto literatura? Pues como en tantas otras cosas, no hay respuestas correctas. Sólo preguntas, puntos de vista y argumentaciones. En ciertos contextos, fundamentalmente aquellos que prestan particular atención a los libros ilustrados o a las novelas gráficas, entiendo que puedan incluirse. Sobre todo si tenemos en cuenta que la diferencia que puede mediar entre un libro y otro es la de contener o no un par de palabras, un par de frases. Pero también es comprensible que los libros mudos queden excluidos de las definiciones más clásicas y tradicionales de literatura. En cualquier caso son libros que ponen en cuestión los límites entre los géneros y las categorías analíticas.

De lo que no cabe duda es que los libros mudos poseen una función narrativa (narran y comunican una historia que tiene una secuencia) y que pueden ser «leídos». Aunque su lectura posea un carácter polisémico muy marcado. El tipo de narración que pone en marcha estos libros es otro de sus rasgos más sugestivos.

En un libro tradicional es el autor el que narra a un lector que se hace depositario de la narración (aunque éste pueda después reelaborarla y reinterpretarla). Pero en un libro sin texto la narración ocurre en un lugar a medio camino entre el autor y el lector. Es el autor-ilustrador el que expone una secuencia de hechos a través de imágenes narrativas. Pero es el lector el que, al leer dichas imágenes «mudas», debe poner voz a la narración. De ahí las enormes posibilidades que abre un libro así en las manos de un niño.

Estos libros, por tanto, presentan una serie de cualidades muy positivas en la formación de lectores. Los niños pueden asomarse a ellos sin la intervención de un adulto: no necesitan conocer aún las letras y sus significados. Además, cuando son «leídos» por un adulto, se establece una comunicación distinta entre éste y el niño en torno al libro. Este formato permite que la conversación y las preguntas sobre el libro surjan de una manera más natural. También favorece que los niños desarrollen sus propios recursos lingüísticos,  narrativos y argumentativos y que se cuestionen los límites de lo literario y lo artístico, lo gráfico y lo textual, etc.

Si todavía no habéis incluido ningún libro mudo en vuestras estanterías, aquí os dejo tres recomendaciones.

¿Por qué?

Nikolai Popov

¿Por qué? es un libro casi mudo. Sólo rompe su silencio en la última página, cuando nos arroja con violencia a la cara esas dos palabras conclusivas que nada explican, que todo lo cuestionan: ¿por qué? Punto y final. No hay respuesta, sólo angustia.

Se diría que explicar la guerra a los niños es una de las cosas más complicadas a las que puede aspirar un libro. Y sin embargo, qué bien lo hace en este libro con sólo dos palabras el ruso Nikolai Popov. La guerra no tiene sentido. Si hay alguien capaz de captar esa completa sinrazón es un niño. ¿Cómo explicársela sin arrancarles esa verdad que es tan suya? Muy fácil: con ranas y ratones. A través de una secuencia de imágenes que ilustra la violencia y que nos lleva desde la luz, la vida y la naturaleza, a la oscuridad, la destrucción y la muerte.

Nikolai Popov

Al más puro estilo soviético, sin renunciar a la literatura como instrumento pedagógico, Popov, animado por su propia experiencia como niño durante la II Guerra Mundial, narra en este libro como algo tan insignificante como una flor puede llevarnos a la más absoluta e incomprensible de las destrucciones. Una nimiedad, una pequeñez que moviliza individuos, máquinas, disciplinas e ideologías hacia un único objetivo: la devastación total y completa del otro, de aquel designado como enemigo. Pero, ¿por qué?

Balea

Federico Fernández y Germán González libros mudos

A medio camino entre el libro-álbum, el cómic y el poster nos encontramos con las entrañas de este cetáceo de acero llamado Balea que se desliza en silencio bajo la superficie marina. Para conocer todos sus detalles tenemos que ir desdoblando los pliegues que dan forma a este libro-acordeón. Un libro-objeto que desafía los límites del libro tanto en su formato, como en su contenido.

Balea es un «libro» desplegable, extensible e inabarcable, con dos perspectivas muy marcadas: una interna y otra externa. Ambos puntos de vista condicionan a su vez dos lecturas diferentes, aunque conectadas: de un lado la ballena, sólida, maciza, que navega custodiada por un grupo de peces coloridos y variopintos; del otro, sus intestinos, habitados por un montón de personitas que conforman una sociedad subacuática de lo más genuina.

libros mudos

El interior de la ballena está además dividido en numerosos compartimentos. Esta división enlaza claramente con la viñeta, lo que crea aún más confusión a la hora de tratar de asignar un género concreto altrabajo de los artistas Federico Fernández Alonso y Germán González Pintos. Algunos de estos habitáculos están interconectados entre sí. En ellos suceden cosas más o menos triviales que llenan de vida el interior de este enorme animal de metal. Y todo ocurre en silencio, porque en las profundidades del océano nadie habla.

libros mudos

Delante de este trabajo, uno se pregunta ¿de qué va esto? ¿Qué es? ¿Dónde lo pongo? ¿En la estantería? ¿O lo cuelgo en la pared? ¿Qué significa todo este galimatías? Y finalmente, ¿qué más da? Después de todo, hemos venido a bailar. A reír, a comer y a nadar. Hemos venido a divertirnos en el fondo del mar.

 Dos pajaritos

libros mudos

Dos pajaritos, creado por el ilustrador colombiano Dipacho, fue el primer libro mudo que tuvimos en nuestra biblioteca. Es también el que nos hizo comprender los dilemas que plantea la lectura del silencio. ¿Qué contar? ¿Qué parte de la historia merece ser destacada? ¿Cómo explicarle a un niño de dos, tres o cuatro años todo lo que está ocurriendo?

Con el tiempo me he dado cuenta de que nada de eso importa. Con los libros mudos especialmente, no hay una lectura que sea igual a la anterior. Pero ello también nos permite, según los niños van creciendo, atender en cada nuevo abordaje aspectos que antes habíamos preferido obviar.

libros mudos

Con el libro de Dipacho, nosotros al principio sólo hablábamos de los dos pajaritos. Eran raros. Locos. Curiosos. Graciosos. Enseguida comenzamos a enumerar los extraños objetos que se acumulaban en las ramas de aquel árbol en el que habitaban los dos pajaritos. Una lámpara, una guitarra, un váter, un espejo, un tocadiscos. La cosa se iba complicando. Un violonchelo, una cadena de música, una escalera. Hasta que terminaba por desmadrarse completamente. Un piano de cola, una lavadora, una estantería, un coche.

Al principio Jorge se divertía simplemente identificando los objetos. Pero ahora es mayor, se hace preguntas y es capaz de entender la moraleja de la historia. Y también sus ironías. ¿Qué traman los dos pajaritos? ¿Por qué están empeñados en llenar su árbol de objetos inservibles? ¿Qué pretenden hacer con un teléfono, un ordenador y una tele? ¿Cómo demonios han conseguido subir un piano hasta allí? Y la pregunta más acuciante de todas: ¿pero de verdad no se dan cuenta de que van a romper el árbol?

 

¿Tenéis vosotros libros mudos en vuestra bibilioteca?

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2 Comentarios

  • Reply Nessa 6 marzo, 2018 at 11:43 am

    Son preciosos. En casa hemos “leído” La Ola, de Suzy Lee en el que una niña descubre el mar. Pero la verdad es que no estoy muy puesta en este tipo de álbumes. Gracias por las aportaciones. Un abrazo.

    • Reply Paula 11 abril, 2018 at 9:07 am

      Nosotros también tenemos La Ola. Es súper bonito.

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