Taller de creación literaria

Y esto, ¿qué es? Taller de cuentos IV

23 noviembre, 2017
Y esto, ¿qué es?

Tenemos en casa un álbum ilustrado raro y maravilloso llamado Y esto, ¿qué es?, de Jürg Schubiger y Wolf Erlbruch. En España lo publica Libros del Zorro Rojo. Presenta una serie de láminas de lo más insólitas y alguien, no se sabe muy bien quién, se dedica a explicarlas de la manera más peregrina. Seguramente no hay una forma lógica y sencilla de esclarecer el significado de unas ilustraciones que, como estas, rayan en lo irreverente. No cabe duda de que la lógica absurda es en este caso la mejor solución.

Y esto, ¿qué es? Esta pregunta que tan familiar nos resulta a los que tenemos hijos pequeños, es también la que anima esta nueva entrega del taller de cuentos. Es esta la pregunta que lancé la semana pasada en Facebook, junto con la imagen de un «cacharro» que a simple vista resultaba estrafalario e incomprensible. ¿Qué era aquello? ¿Para qué podía servir?

Y esto, ¿qué es?

El propósito de este juego era activar un poco la imaginación tratando de dar respuesta a una pregunta tan simple como esta. Pero además este ejercicio buscaba que, como adultos, pudiéramos empatizar y comprender en cierta manera el funcionamiento de la lógica infantil. A fin de cuentas, para los niños casi todo en este mundo es tan incomprensible y estrafalario como este ¿punzón teenager?, ¿pinchador de huevos?, ¿explotador de globos?, ¿tope de una puerta?, ¿vela? Pues nada de eso. Aquí y ahora es un botón. Mi solución, como veréis, ha apostado también por el absurdo.


Botones raros inc.

Los había de todos los tamaños. De todos los colores. De todas las formas.

También, y eso me parecía bastante raro, los había de todos los olores. Botones con olor a rosas, a piscina, a césped segado. Y para mi desgracia los encontré con olor a pies mojados y a pedo de camello. Incluso olfateé uno (y lo tuve un rato entre las manos) que olía exactamente igual que el paso subterráneo de la Plaza de Cibeles.

Los botones eran también de sabores muy variados. Extrañamente, no siempre los que olían mejor eran los más agradables. Probé un botón que olía a cruasanes recién horneados en un horno parisino, y me supo a pelo de murciélago quemado. En cambio, no me preguntéis cómo ni por qué, descubrí que el botón con olor a pedo de camello sabía a gigot de cordero a la esencia de mostaza y vainas verdes.

Y lo mejor de todo. Había botones con todo tipo de funciones extrañas. Había uno para poner en marcha la cafetera desde la cama (muy útil), otro para ahuyentar babosas (también muy útil) y otro para convocar una aquelarre de druidas (nunca funcionaba). Algunos no se sabía para que servían, como aquel que se accionaba apretando un punzón puntiagudo. Nadie se había atrevido a probarlo aún.

Pero yo salí de allí algo decepcionada. No había encontrado el botón verde de cuatro ojales que andaba buscando para mi camisa.


La imagen de la portada de este post pertenece a PublicDomainPictures y tiene una licencia de Creative Commons.

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