Lecturas para no tan niños

Maternidad y creación. ¿Es posible una maternidad creativa?

21 septiembre, 2017

La creación literaria puede ser un aliciente que nos ayude a amar y conocer la literatura, y que nos haga mejores lectores. De ahí que también este aspecto forme parte de la animación a la lectura y tenga su huequito en este blog. Pero, ¿es posible trabajar de una forma creativa siendo madre? ¿Tener una maternidad creativa? Esta es la premisa que sirve a Moyra Davey para dar forma al libro Maternidad y creación: lecturas esenciales. Se trata de una recopilación de textos de mujeres artistas y escritoras, que reflexionan sobre cómo la maternidad, o la no maternidad, fueron decisiones que afectaron a su vida y a su trabajo creativo.

«Intenta decirle a un niño que mamá está trabajando, cuando el niño ve con sus propios ojos que su madre está sentada escribiendo… No me atrevo a poner música cuando estoy en el sótano escribiendo, no sea que arriba se crean que estoy holgazaneando. Tengo la sensación de que para que me respeten debo hacer pasteles y pan casero y mantener las habitaciones y la casa ordenada» (Liv Ullman).

La maternidad insustancial

Me he sentido enormemente identificada leyendo las anécdotas que recoge Davey. Este ensayo es una auténtica mina de frases redondas sobre lo que significa trabajar siendo madre. «Mis escritos no son serios», decía una escritora, «no te ofendas al leer, sólo tienes que ver a mis tres hijos». ¿Cómo puede ser serio el trabajo de una mujer que se ve interrumpido cada cinco minutos? ¿Cómo pueden ser serias las historias que cuente una ama de casa cuya vida transcurre entre fogones y pañales sucios, cuando los prohombres de la literatura nos han tenido acostumbradas a narrar las grandes gestas, las grandes batallas, a exponer sus disquisiciones morales y filosóficas sobre el amor, la muerte, el valor o la grandeza?

La sensación que ha acompañado a las mujeres escritoras y artistas, cuya vida había sido retratada históricamente por los varones siempre en los trazos de los personajes secundarios, decorativos y paisajísticos, es que aquello que nos preocupa y de lo que podemos hablar en nuestros trabajos, no es importante. Que son temas menores. El parto, el cuidado, la lactancia, preparar la comida, curar a los niños enfermos, dormirlos. Tópicos. Asuntos insustanciales. Dice Adrienne Riche que «La maternidad —silenciada en las historias de conquista y servidumbre, guerras y tratados, exploración e imperialismo— tiene una historia, tiene una ideología, es más fundamental que el tribalismo o el nacionalismo».

¿Alguien se imagina a Arturo Pérez-Reverte hablando de caquitas? No. Si acaso, riéndose de las escritoras que se atreven con las cacas. Porque la gran literatura no va de eso. La gran literatura no va de la vida. Va de guerras, de la muerte. El mundo de las mujeres no tiene sentido dentro del arte pensado por y para los hombres, dentro del Gran Arte.

Las madres invisibles

«Las madres no escriben, están escritas». El problema es que cuando un asunto pierde valor y deja de expresarse, se invisibiliza. Deja de existir. Desaparecen los referentes. Por eso este mundo de los bebés, de los cuidados, este mundo entre algodones, nos parece a menudo algo desconocido. Hasta que lo afrontamos, hasta que nos toca vivirlo.

«Nadie menciona la crisis física que sobreviene con la concepción del primer hijo, la excitación de los sentimientos antiguamente enterrados acerca de la propia madre, la sensación confusa de poder y de impotencia, de ser poseída por un lado y de tener al alcance unas fuerzas físicas y psíquicas por el otro (…). Nadie menciona la extrañeza de la atracción —que puede ser tan ingenua y obsesiva como en los días del primer amor— hacia un ser tan pequeño, tan dependiente, tan replegado en sí mismo, que es y no es parte de una misma» (Adrienne Rich).

No han existido los cuidados en nuestro imaginario literario, fabricado a base de retazos de sexo, drogas, música, batallas, primaveras, pasiones, viajes, duendes y trolls. Preparar el pan no está asociado a ninguna mística literaria concreta.

«No es que antes no me gustaran los bebés; es que no existían», escribía también Marie Darrieussecq en el ensayo El bebé. «La palabra “bebé”, ñoña y redundante, invalidaba todo lo que se refería a ella; el tema se me antojaba menor. Ahora acepto que haya quien no se interese por él, por el bebé; pero esta indiferencia se me antoja afectada, poco seria. Mi traductor alemán me telefoneó poco después del nacimiento del bebé. Había recibido felicitaciones —ositos, conejos, corazones y cintas— de diferentes países; mi traductor, por el contrario, pese a mis alusiones, sólo quería hablar de trabajo».

La maternidad creativa necesita una habitación propia… y algo más

Cuando leí Maternidad y creación por primera vez, hubo un dato que me dejó impactadísima. Aunque por otro lado, me pareció completamente lógico. Harriet Beecher Stowe, la autora del mayor best seller del siglo XIX, La cabaña del tío Tom¸ tardó catorce años en terminar su obra cumbre. Pero es que escribía sentada en la mesa de la cocina, entre los pucheros que preparaba para alimentar a sus siete hijos. De ahí quizás la importancia de la famosa reivindicación de Virginia Woolf en Una habitación propia.

Sin embargo, ni siquiera esto es suficiente. Después de todo, los niños no sólo ocupan nuestro espacio físico: «La respuesta de una mujer a la enfermedad de un niño forma parte de su total implicación con el niño» escribía Sally Bingham. «Tal vez no es lógico y aún así es esencial para la confianza de un niño que su madre se preocupe por él. No puedo imaginar seguir trabajando cuando uno de mis niños tiene fiebre alta o le duele algo; mi mente estaría completamente distraída. Tampoco me resulta fácil imaginar dejarlo en manos de otra persona; mis pensamientos se centrarían en él».

Un equilibrio muy precario que exige renuncias

Las madres trabajadoras (me refiero a aquellas cuyo trabajo les reporta un cierto placer, que constituye un aliciente, no a aquellas que trabajan por pura supervivencia), las madres escritoras, las madres que son creadoras en otros ámbitos de la vida lejos de la domesticidad, están suspendidas en una cuerda floja en la que se mantienen solo en un equilibrio precario. ¿Hay esperanza? Sí y no. Si los padres se implican, si el sistema se flexibiliza, las condiciones mejorarán y las posibilidades de dedicar algún tiempo «de calidad» a la creación serán mayores. Por otro lado, los niños no son bebés eternamente. En realidad esta es una etapa absorbente, pero relativamente corta.

Lo que está claro es que durante toda su infancia nuestros hijos van a necesitar a sus madres, su atención, su tiempo. Por eso hay también que tomar conciencia de que la creación no puede combinarse con la maternidad sin ciertos «sacrificios». Decía Jane Lazarre en otro texto recogido en este libro: «No debo aceptar ni un solo compromiso social. No debo hacer nada más que trabajar cuando no estoy con los niños. Debo aprender a dormir menos. Así es». Pues sí. Así es para muchas de nosotras.

Y vosotros ¿creeis que maternidad y creación son dos conceptos incompatibles? ¿Qué renuncias habéis realizado desde que sois madres o padres?

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6 Comentarios

  • Reply Diana 21 septiembre, 2017 at 8:10 am

    Tengo muchísimas ganas de empezar con ‘Una habitación propia’ 🙂 En mi ‘Maternidad y creación’ tengo señaladas cientos de frases con las que me he sentido muy identificada.

    Éste es el mejor texto que he leído nunca sobre maternidad. Comparto cada punto y cada coma, me siento muy identificada con tus palabras y con todas las frases que has destacado. Mi día a día pasa entre cambios de pañales, lloros, guarreos, plátanos espachurrados, golpes con la tapa de una olla y el olor a comida a medio hacer mientras termino la última entrega del día. Aunque decir la última es ser muy generosa porque cuando trabajas a ritmo de tortuga, acompañada de seres diminutos, todo se eterniza y entras en un bucle espacio temporal de “tengo que hacer…”. Mi vida es el caos.

    “La creación no puede combinarse con la maternidad sin ciertos «sacrificios»”. Así es para mí. Y me siento como decía Jane Lazarre: «No debo aceptar ni un solo compromiso social. No debo hacer nada más que trabajar cuando no estoy con los niños. Debo aprender a dormir menos. Así es».

    Me ha gustado mucho leerte. Como siempre, amiga.

    • Reply Paula 25 septiembre, 2017 at 8:11 am

      Tenemos pendiente entonces una reunión con té, pastas y niños llorando para hablar de este libro. Una de las frases que más me gustan es la de «Mis escritos no son serios, no te ofendas al leer, sólo tienes que ver a mis tres hijos». Muy descriptiva XD

  • Reply Bego 26 septiembre, 2017 at 9:13 pm

    Es complicado por los motivos que comentas y por la pura acumulación de cansancio también. Pienso además que afecta tanto a la creación, como a cualquier otro campo de trabajo. Yo me preparo con menos esmero las clases ahora que antes de tener hijos, no por desgana, sino porque simplemente no me da tiempo. Ahora me estoy leyendo un libro sobre la figura de Marie Curie como científica y, sobre todo, como mujer (“La ridícula idea de no volver a verte”) que cuenta entre cosas las dificultades a las que se tuvo que enfrentar para continuar su trabajo científico una vez que tuvo hijas ya que, por definición era ella la que tenía que cuidarlas y ocuparse de la casa.

    • Reply Paula 2 octubre, 2017 at 8:28 am

      Claro, afecta a cualquier tipo de trabajo. Pero me estaba refiriendo más a los trabajos vocacionales, a los que nos aportan no solo social sino individualmente. Los trabajos que nos hacen sentir realizados y que no se limitan a amargarnos la existencia. Los otros, los que hacemos por pura supervivencia, son duros de todas las maneras (con o sin hijos).
      Ese libro ya me lo ha recomendado mucha gente, así que tomo nota.

  • Reply Bego 26 septiembre, 2017 at 9:15 pm

    *entre OTRAS cosas

    • Reply Paula 2 octubre, 2017 at 8:23 am

      Somos tremendos Bego. Pero bueno, no está mal tirarles de la lengua porque ahí también te dan sorpresas. Besos grandes.

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